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¿Qué ocurre cuando los sentidos dejan de protegernos?
Ernie Merlot siempre confió en la razón.
En la lógica del mundo.
En la certeza de que todo puede entenderse.
Hasta que una noche algo se rompe.
Los olores lo invaden.
Los sonidos atraviesan las paredes.
La realidad se vuelve insoportable.
En pocos días descubre que percibir demasiado no es un don.
Es una grieta.
Los sentidos se desbordan.
Las señales aparecen en todas partes.
Algunas advierten.
Otras… esperan.
El problema no es percibir demasiado…
es descubrir que algo te está mirando.
Adquiérelo ya en versión ebook o pasta blanda a través de:
es un escritor mexicano cuya obra explora el encuentro entre la ciencia, la percepción y la imaginación literaria. En sus historias, la lógica del mundo convive con la intuición y las zonas más frágiles de la experiencia humana, donde busca siempre ese punto en que la razón comienza a resquebrajarse y surge la pregunta por lo desconocido.
Autor de Cruzando más allá de la Vía Láctea y El sensor, ha desarrollado una voz narrativa versátil que transita desde la prosa poética y la nostalgia hasta el suspenso introspectivo, donde la percepción misma se convierte en un territorio inquietante. Mientras su primera novela explora el amor, la memoria y el perdón a través de un viaje íntimo, su segunda novela, El sensor, se adentra en un thriller psicológico donde la sensibilidad humana abre la puerta a lo incomprensible.
Formado en ciencias exactas e ingeniería, y con estudios de posgrado, Tovar Cisneros ha desarrollado una trayectoria profesional vinculada a la innovación y la investigación aplicada. También ha participado como autor de artículos científicos y expositor en congresos internacionales, experiencia que convive con su vocación por la literatura, el diseño y las artes visuales.
En su narrativa, el rigor del pensamiento científico dialoga con la libertad de la imaginación, con lo que invita al lector a adentrarse en esos espacios donde la realidad cotidiana deja preguntas abiertas.
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Dicen que los caballos pueden leer el lenguaje corporal humano, percibir el sudor y detectar el miedo a través de señales químicas. Recuerdo una tarde en la que mi padre me llevó, siendo yo una niña, a un espectáculo ecuestre: presencié cómo un corcel, al captar el pánico de un jinete inexperto, relinchó con furia. Todo su cuerpo se tensó; absorbía la ansiedad ajena hasta no poder contenerla más. En un arrebato, se irguió sobre sus patas traseras y arrojó al jinete al suelo, donde lo pisoteó una y otra vez con una violencia que rebasaba cualquier instinto. Con cada relincho, lo demolía sin piedad ante los gritos desesperados del público.
Cuentan que los elefantes, dotados de una empatía desbordante, pueden llorar la partida de uno de los suyos durante días. Se estremecen con cada vibración sorda que recorre la tierra y captan el eco de la ausencia, una herida abierta en la manada. Me imagino la tristeza inmensa que los invade: sus movimientos lentos, el modo en que se acarician con la trompa, buscando consuelo.
Señalan que perros y gatos reaccionan a sonidos que para nosotros son silencio: se inquietan, se esconden, recorren rincones, alertas al roce de las alas de un insecto o al lamento profundo de la enfermedad. Incluso distinguen el zumbido final de alguien a punto de fallecer.
Una vez escuché que el topo de nariz estrellada puede leer la oscuridad con el cuerpo entero, pues es capaz de percibir el latido de un gusano bajo la tierra. También supe que el pulpo explora el océano tocándolo todo a la vez: cada ventosa de su cuerpo es un ojo, un oído, una lengua. No puede desconectar del ambiente que lo rodea y está condenado a sentirlo todo. Me pregunto cómo podría vivir yo así: atrapada en un mundo donde lo invisible se impone a cada instante.
Se cree que las lechuzas, con su vuelo nocturno, se posan cerca de las moradas donde se avecina alguna desgracia. No es solo su silueta espectral lo que inquieta, sino el sigilo absoluto con que se deslizan entre las sombras. Sus alas, cubiertas de un plumaje aterciopelado, absorben el aire y amortiguan el sonido: el silencio hecho carne. Algunos aseguran que, cuando una lechuza reposa en el alféizar de una ventana, es porque ha sentido el temblor de esa casa, el aroma imperceptible del miedo y de la angustia humana. Y que su canto —ese ulular profundo y desgarrado— no es más que una advertencia. Entonces ella, desde lo alto, observa y espera.
Es conocida la historia de cómo Nietzsche, en Turín, nunca volvió a ser el mismo tras presenciar a un cochero castigar con violencia a su caballo. Se dice que el filósofo, abrumado por el dolor, abrazó al animal y, sollozando, se rindió ante la crueldad del mundo. Después se desplomó y perdió la conciencia y el habla hasta el fin de sus días.
Eso es lo que cuentan.
Sin embargo… a mí no me lo contaron.
Yo fui testigo. Oí a Ernie bramar: gritaba que se quemaba por dentro, que podía oler su propia muerte. Poco después se arrancó los ojos, rompió el cristal y se arrojó desde el cuarto piso.
Lo que le ocurrió a Ernie fue solo el principio.